Formación
de lazos afectivos
Un vínculo afectivo es una relación activa, afectuosa,
recíproca y fuerte entre dos personas; la interacción
entre éstas refuerza y fortalece la unión, es lo que todos
conocemos como amor. La aparición de los lazos afectivos se facilita
con la presencia de un cuidador atento, afectuoso y estable. Idealmente
este lazo se crea con la mamá y el papá, y cuando pasa
gran parte del día con un cuidador alterno éste juega
un papel importante en su establecimiento de afectos.
El lazo afectivo
primario es la persona con la que el bebé llora más, a
quien sigue más y a quien le dedica sus mejores sonrisas. Es
la persona que mejor respuesta da a sus necesidades afectivas.
En un principio
el niño observa a su madre y si ésta tiene patrones de
conducta repetitivos creará un esquema de lo que puede esperar
de ella. La forma en que se establece la confianza del niño depende
en gran medida de la manera en que la madre responde a sus necesidades,
la forma en que lo alimenta, en que le demuestran su cariño y
el ambiente en el que viven.
Afortunadamente
en la sociedad latina, en la que los lazos familiares son tan fuertes,
los niños tienen la oportunidad de establecer vínculos
con más de dos personas y sentirse a gusto con ellas. Es importante
que el niño haya establecido esta relación antes de que
aparezca la angustia, para que se le pueda dejar al cuidado de otras
personas (siempre las mismas, ya conocidas) incluso en esta etapa.
Diversos estudios
han demostrado la importancia de las primeras horas de un bebé
para la formación de lazos afectivos con sus padres, en especial
con su madre. Hacia los dos meses, aunque se va con todo mundo, tiene
expresiones especiales con sus papás. Entre los cuatro y cinco
meses la mamá se convierte en una especie de "refugio",
un lugar seguro al que regresa cuando se siente amenazado, el niño
la ve, interactúa unos segundos con ella asegurándose
de que ahí está y se dedica a investigar lo que le rodea,
a ella ya la conoce y representa la seguridad de que todo está
bien. Menciona Brazelton que la respuesta amorosa de la madre que le
platica y procura sonrisas lo invita a explorar y a conocer.
A los seis meses,
aunque es amable con los extraños, un bebé tiene conductas
que solamente realiza con las personas más cercanas, es decir,
sus padres y en algunas ocasiones, sus abuelos.
Aproximadamente
a los ocho o nueve meses se manifiesta claramente la ansiedad por la
separación ("mamitis") en la mayor parte de los casos,
pero en muchos otros "papitis" o incluso "abuelitis".
Los niños lloran cuando pierden de vista a sus madres o cuando
se enfrentan con personas desconocidas. Esto llega a su punto máximo
entre el año y el año y medio, y tiende a desaparecer
entre los dos y los tres años de edad. Es importante tener en
cuenta que la mayoría de los bebés que la presentan son
capaces de reaccionar positivamente hacia las personas desconocidas
si se les da un tiempo para identificarse con ellas y si éstas
tienen una actitud amigable y respetuosa hacia ellos.
La forma en que
un niño manifiesta la ansiedad por la separación depende
en gran medida de su temperamento y de la forma en que los adultos manejen
la situación.
La mamitis no puede
ser considerada una razón para meter
a un pequeño al jardín de niños, aunque es
posible que ingresen a esta edad, si se puede esperar un poco para que
superen esta etapa es mejor, o en caso contrario, es recomendable prepararlos
muy bien para este cambio tan drástico.